
Por lo general, todos los que viajan a esta ciudad ultramarina suelen traer consigo el recuerdo de sus rascacielos, del humeante alcantarillado y de la multirracialidad de sus gentes. Bueno, vale, mola.
Otras personas se quedan con el color del cielo, el sonido del tráfico o las tiendas. Bueno, vale, mola.
Sin embargo, un selecto grupo de humanos (con la sensibilidad hiperdesarrollada) preferimos obviar tan mundanas reminiscencias y quedarnos con lo sutil:
¡LOS PEDAZO DE BOLLACOS QUE NOS JALÁBAMOS PARA PONERNOS CERDOS A CUALQUIER HORA DEL DÍA!
Sí, ti@s.
Yo allí fui con un objetivo: ser derrotado por comida.
Y vive Dios que lo conseguí. Me comí un burrito que más parecía un caballo percherón, desayuné un 8.000 de tortitas y zampé sin conocimiento millones de una especie de dontus de pan súper-denso que se llamaban bagels (“beiguels” no me seáis cazurros con la pronunciación).
¡Fuá! Qué buenos estaban los condenaos…
Total, que ya de vuelta y con el botón del pantalón sueltecito, noté que echaba de menos algo: más bagels.
Y yo, que no tengo la suficiente personalidad ni para llevarme la contraria a mi mismo, aún sabiendo que rompería mi apolínea figura levanté el puño en Barajas y juré que nunca más volvería a pasar hambre (de bagels, claro).
Y en esas estamos.
(¡Ah! Y de salsa de mostaza y miel. Que no sólo de pan vive el hombre, joé)












