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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Movida 54: Arroyomolinos es un barrio de Nueva York.


Por lo general, todos los que viajan a esta ciudad ultramarina suelen traer consigo el recuerdo de sus rascacielos, del humeante alcantarillado y de la multirracialidad de sus gentes. Bueno, vale, mola.

Otras personas se quedan con el color del cielo, el sonido del tráfico o las tiendas. Bueno, vale, mola.

Sin embargo, un selecto grupo de humanos (con la sensibilidad hiperdesarrollada) preferimos obviar tan mundanas reminiscencias y quedarnos con lo sutil:

¡LOS PEDAZO DE BOLLACOS QUE NOS JALÁBAMOS PARA PONERNOS CERDOS A CUALQUIER HORA DEL DÍA!

Sí, ti@s.
Yo allí fui con un objetivo: ser derrotado por comida.

Y vive Dios que lo conseguí. Me comí un burrito que más parecía un caballo percherón, desayuné un 8.000 de tortitas y zampé sin conocimiento millones de una especie de dontus de pan súper-denso que se llamaban bagels (“beiguels” no me seáis cazurros con la pronunciación).

¡Fuá! Qué buenos estaban los condenaos…

Total, que ya de vuelta y con el botón del pantalón sueltecito, noté que echaba de menos algo: más bagels.

Y yo, que no tengo la suficiente personalidad ni para llevarme la contraria a mi mismo, aún sabiendo que rompería mi apolínea figura levanté el puño en Barajas y juré que nunca más volvería a pasar hambre (de bagels, claro).

Y en esas estamos.

(¡Ah! Y de salsa de mostaza y miel. Que no sólo de pan vive el hombre, joé)